
Desde hace unos años, y sobre todo después de la pandemia, no paran de llegar mensajes constantes sobre la importancia del autocuidado. Sean aplicaciones de apoyo, consejos y rutinas, retiros y retos de autocuidado… todo el mundo lo tiene claro: hay que cuidarse.
Cuando este mensaje se traslada a las mujeres, y sobre todo a las madres, la sociedad patriarcal le da un giro perverso a la idea y nos vende una nueva máxima: el cuidarse PARA cuidar.
La jerarquización de los cuidados ¿Quién va primero?
Puede que hayas visto el símil del avión y la mascarilla de oxígeno, el ‘primero tu para luego cuidar de tus hijes / pareja / familiares’. La cuestión es que te tengas en cuenta porque tienes una función que cumplir hacia otras personas y si no te cuidas no estarás bien para cumplirla ni serás productiva. Quizás la primera trampa del autocuidado sea esta ya que en ningún momento se plantea que tienes que cuidarte porque seas una persona de derecho con derechos.
Hemos normalizado e interiorizado tanto el rol de cuidadoras y el ser apéndices de otros seres (sean progenitores, parejas, crías…) que parece que no existimos como seres independientes. Todo lo que hacemos siempre tiene que ser para el beneficio de alguien o para el cuidado ajeno, y con ello hemos creado una bonita carga más a nuestra lista de tareas infinitas: el autocuidado, o mejor dicho la trampa del autocuidado.
Tienes que cuidarte para poder cuidar
Estamos dejando que el patriarcado nos robe un derecho y nos lo devuelva pervertido: te vamos a decir cómo, cuándo, dónde y por qué tienes que cuidarte de tal forma que la culpabilidad no te inunde si cumples con tu deber, pero te ahogue si no lo haces. Así seguimos perpetuando el rol de madre/cuidadora abnegada que supuestamente te estamos ayudando a romper. Lo dicho, un giro perverso que nos estamos creyendo y estamos asimilando como si nada.
“La responsabilidad es tuya por no tomarte en serio el autocuidado”
Es mezquino decirle a una persona que acaba de parir, que está criando sola, o a quien no llega a todo lo que la sociedad demanda de ella y se ve abrumada, que la responsabilidad es suya por no tomarte en serio esto del autocuidado. Así nos encontramos intentando sacar horas para coger un libro o hacer yoga (o lo que sea que una haga), mientras la cabeza va a mil pensando en la lista de tareas que tenemos por hacer, gestionando la culpa y el cómo vamos a recuperar el tiempo perdido. Esto es de todo menos cuidarse.
Con todo esto no quiero decir que cuidarse no sea importante y que no haya que reivindicar nuestros espacios y momentos. Quiero decir que nos estamos dejando eslabones a medio cerrar y los necesitamos enteros para que nos sostengan. Hay caminos que debemos recorrer antes de llegar y el primero es reconocernos como personas merecedoras y capaces, personas de derecho que también son criadoras, trabajadoras, parejas, locas, santas y putas.
Tus necesidades, tus ritmos y tu momento importan.
Necesitamos reconocernos y aceptar que tenemos necesidades, buenos y malos momentos y que estamos en un constante proceso de aprendizaje y cambio. Que nos vamos a equivocar, nos vamos a encontrar al límite… y está bien. Tenemos que ir dejando, poco a poco, esas culpas y cargas morales que nos ahogan, darnos la posibilidad de ser quienes somos y dejar que el mundo nos vea. Eso pasa por la sororidad y el acompañamiento, por valorarnos y querernos y no juzgar las decisiones que otras personas toman. Estos pasos son la base en la que se sustentará luego el autocuidado de verdad.
No podemos empezar la casa por el tejado dice el refrán. Pues vamos a empezar por los cimientos: empecemos por reconocernos, valorarnos y querernos. Quizás el autocuidado empieza por sentarse en el suelo cuando una ya no da para más y decirlo en alto sin vergüenza ni pudor; en querernos lo suficiente para valorar el proceso que estamos haciendo sin necesidad de llegar a la meta; en poner límites a las cargas, culpas, responsabilidades.
El autocuidado empieza por darnos estos pequeños espacios de poder, de compasión y de cariño a nosotras mismas, de hablarnos bonito, de siempre hablarnos bonito. Ya luego reivindicaremos los espacios para más cosas porque eres merecedora de ellos y los sabes y te lo vas a creer de verdad porque lo vives y lo has integrado, no porque ahora el sr. Capital o todo IG te diga que es lo que te toca hacer.
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